12/10/16

#Defendamoslavida

Revisó los últimos versículos antes de salir del auto. Había escogido cinco que, creía, servían para la ocasión. Esos cinco se sumaban a otros cuatro que eran parte de su repertorio permanente, lo suficientemente ambiguos como para ser aplicados en cualquier circunstancia. Nunca necesitaba tantos, pero dada la cantidad de gente, y el revuelo mediático de las últimas semanas, prefirió no correr riesgos.
Estaba nervioso, pero no por entregar su mensaje: había entendido, hace ya varios años, que la religión no es más que retórica, y desde entonces dejó de sentir peso en su trabajo. Transmitir una verdad absoluta, eterna e incuestionable, una certeza divina, era una responsabilidad enorme de la que no se sentía capaz. Al principio lo intentó. Había entrado al sacerdocio por una convicción profunda de que la salvación estaba en el retorno a la palabra de Dios, pero fue la realidad misma la que le mostró que ni siquiera sus maestros creían en lo que enseñaban, y que Dios, si alguna vez había hablado, está mudo hace tiempo. Tras un conflicto interno, que lo retiró temporalmente de su humilde parroquia en Lanco, pues no se sentía cómodo teniendo dudas sobre su labor, comenzó a dejar de lado el ser un guía espiritual para dedicarse a la política de la clerecía, lo que, descubrió, le daba mejores frutos y satisfacciones que el ayudar a las personas. Satisfacciones de verdad, como mejores iglesias en barrios más acomodados, no sólo con más dinero sino con contactos e influencias. Así, disfrutó progresivamente de las regalías de ser primero sacerdote, y luego obispo y cardenal, en un país en que aún existía, inexplicablemente, un porcentaje considerable de gente apegada a una tradición religiosa, y que se debían a sus representantes con una entrega incomprensible. Mejor, pensaba él: su trabajo era muchísimo más fácil si no tenía que convencer a los que lo oían. Quienes lo seguían veían en él tan solo un conducto, un canal, por el que les llegaba un mensaje profundo y absoluto que no debía, ni podía, ser cuestionado. Él aceptaba y celebraba esa condición, dedicándose únicamente a repetir sermones prefabricados hace años. Era, en definitiva, como un trabajo de oficina, con un estrado en vez de cubículo y una sotana como uniforme, en que tenía un rol que olvidaba apenas volvía a su ropa de calle.
Por eso le desagradaban estas situaciones, en que salía de su zona cómoda y se exponía al escrutinio de esa gente que no creía ciegamente en sus palabras, que lo criticaba abiertamente, y que entorpecía su placentera vida. Sabía que debería alegrarse de que lo siguieran invitando a manifestaciones como esa, y que tendría que estar orgulloso de que políticos, parlamentarios, líderes de opinión y medios de comunicación siguieran considerando su punto de vista como valioso, relevante e incluso fundamental, pero lo cierto es que le desagradaba tener que defender la visión en la que supuestamente creía. Era, sin embargo, un profesional. Tenía su guión bien aprendido y sabía enfrentarse a sus opositores. No había llegado a cardenal de casualidad.
Abrió la puerta y salió del auto, con su mejor sonrisa, entre aplausos y cámaras de celulares, y fue avanzando lentamente desde el auto hasta el centro del Paseo Bulnes, tomándose su tiempo, estrechando manos y besando mejillas y frentes de todos quienes lo saludaban. Allí, en el centro del Paseo, saludó a varios diputados, senadores y dirigentes sociales, ante los medios de prensa, que estaban, sin duda, registrando todo y siguiendo atentamente sus acciones. Se tomó su tiempo, no tenía apuro. Eran los costos de que los ahí presentes le siguieran depositando cada mes: tenían que sentirse queridos, notar el aprecio que el líder de su religión sentía hacia ellos; y si el resto podía notar ese aprecio, tanto mejor.
Finalmente, cuando no hubo a quién más saludar, hizo una seña para indicar que ya estaba listo. Posó para un par de fotos con el #Defendamoslavida bien grande atrás, se repitió una vez más lo que había preparado, y fue a dar sus declaraciones. Escuchó un zumbido generalizado a medida que se acercaba a los micrófonos, la expectación de la gente traducida a sonido. El zumbido fue aumentando en volumen, y el cardenal, como si fuera un deportista cuyo nombre corea el público, sintió renovada confianza en lo que diría. Eso, hasta que, por sobre el ruido general, se escucharon unos gritos.

Ella también los escuchó, pero no les dio importancia. No le importaba nada, desde hace ya bastante tiempo. O quizás no era tanto, pero parecía serlo y entonces lo era. El tiempo no se mide ni en segundos ni en minutos ni en horas, se mide en cambios, y lo que eran, según el calendario, ocho meses (o nueve, o diez), a ella le parecía una vida diferente. Ella era otra. Miraba hacia al pasado, a la mujer que, creía recordar, había sido alguna vez, y veía imágenes captadas desde una cámara lejana. Reconocía algunas cosas, el lunar en la mejilla izquierda, el color del pelo, la pulsera de la mano derecha, quizás la forma de la nariz, pero no era ella. No es que esos cambios le importaran. Solo habían pasado. Desde un momento específico, sí, claramente identificable, si tuviera que hacer, por ejemplo, una cronología, como en esos trabajos del colegio en que te preguntan qué hiciste en vacaciones, pero ya había pasado. Eso se decía siempre. Ya pasó.
La obligaron a que pasara. Ese era el problema. La forzaron a su indiferencia. Ella no quiso serlo, indiferente, no. No. Ella quiso hacer algo, desde que supo que su hijo jamás estaría vivo, desde que en los primeros exámenes le dijeran que dentro suyo se estaba formando un cuerpo que jamás respiraría, que jamás nacería porque el nacer implica vida y en ella no había vida, solo un recipiente vacío, hueco, en vez del que debería haber sido su bebé. Quiso hacer algo, quiso sacarse de dentro suyo esa tumba que abultaba su vientre, quiso no llevar consigo esa muerte a todos lados, quiso que no le preguntaran en cada lugar al que iba cuántos meses tenía porque que no tenía ninguno, porque cuando no hay guagua los meses no cuentan. Pero no la dejaron.
No la dejaron. Por eso caminaba con fuerza, con tanta fuerza y con tanta prisa, porque ya había visto al viejo maldito, ese conchadesumadre que salía en la tele hablando de obligar y someter y torturar mujeres como si siguiéramos en la puta Inquisición, en la cacería de brujas, en la Edad Media, viejo culiao, viejo de mierda, viejo reconchadesumadre. Ese viejo que pensaba lo mismo que su puto doctor, incapaz de agendarle la apendicitis porque no tenía ni apellido Astaburuaga ni las lucas pa pagarle y que se quedara callado, o que su familia, con la que ya no hablaba porque no podían entender que quisiera sacarse las entrañas con sus uñas si fuera necesario. O que todas esas viejas de mierda que gritaban y agitaban banderas, pero que serían las primeras en mandarse a cambiar a Argentina si a las maracas de sus hijas chicas se les rompe el condón tirando en el baño de la disco con el primer weón que las invite a una piscola, o pa qué a Argentina, mejor a Europa al tiro pa aprovechar de darse unas mini vacaciones de que sus maridos las mantengan. Gente de mierda, todos son una mierda, piensa y se dice y recuerda mientras los ve a todos en ese viejo maldito.
Sintió gritos y algunos brazos tratando de tomarla, de detenerla. Pero iba decidida a que nadie la parara y nadie la paró, y se zafó de todos esos brazos, y esquivó o atropelló todos los cuerpos que había en su camino, hasta que lo tuvo ahí, de frente y mirándola por entre las cámaras y los micrófonos, primero con sorpresa, luego con curiosidad, y finalmente con terror. Ella le sostuvo la mirada un segundo.
-Aquí tiene caballero – le dijo -. Ya que usted me obligó a tenerlo, se lo traigo.
Hizo un movimiento como si fuera a lanzar una pelota de básquetbol: brazos al centro, al pecho, y luego un empujón fuerte y dirigido. El bulto que lanzó salió casi recto, sin un arco en su trayectoria, en dirección al cardenal, pasando por entre las cámaras y reporteros reunidos en torno a él.
El cardenal, instintivamente, en un acto reflejo, sin alcanzar a notar lo que era el bulto mientras volaba en su dirección, atrapó el cuerpo de la guagua muerta que la mujer le había arrojado.


Al día siguiente, la foto del sacerdote con la guagua muerta en brazos fue portada en todos los diarios de Chile, comentario central en la página web de otros medios alrededor del mundo, y la #Imagendeldía del CNN entre las 17 y las 20 horas.

24/8/16

Partido

Recuerdo haberme reído cuando escuché a Alexis decir, después del partido contra Uruguay, que no sentía las piernas. No porque no le creyera, no porque me pareciera una excusa barata, no porque, como a algunos, me hiciera gracia su forma de expresarse. Todo lo contrario: me reí porque ese weón, profesional, exitoso, admirado por miles y millones, decía haber experimentado lo mismo que un pichanguero cualquiera jugando con sus amigos una liga amateur un jueves en la noche. Un pichanguero como yo, que, en este momento, precisamente en este momento, no siente las piernas.

Es frustrante la weá. Ahora, por ejemplo, que la pelota viene hacia mí, veo claramente, como si fueran adelantos de una película que se estrenará en un futuro lejano (teaser trailer, le pusieron ahora), lo que pasará: trataré de controlarla pero no podré, me rebotará con excesiva fuerza en el borde interno y le quedará peligrosamente cerca al 7, que si está atento, y ha estado atento todo el partido el conchasumadre, se quedará con ella y me encarará, y yo, que como dije, no siento las piernas, trataré de ir a quitársela solo para quedar pagando. No será todo tan malo, en todo caso: el trailer que me muestra que vendrá algún compañero a arreglar mi cagada y que al final no pasará nada grave. Me ganaré una puteada, un vamos vamos weón, más atento, y el partido seguirá su curso.

Quizás ese es el problema. No estoy para nada atento. Me cuesta mucho, de hecho, estar atento en un partido, a pesar de que juego desde que tengo memoria (podría decir que nací jugando: es una mentira, por supuesto, pero uno nace para sí mismo cuando empieza a recordar, y lo que no es mentira es que juego desde que tengo memoria) y que ya debería estar acostumbrado. Pero no. Supongo que Alexis si puede hacerlo, entrar cien por ciento enchufado, pero a mí me cuesta, puta que me cuesta. Mi estrategia para mantenerme concentrado es escuchar música antes del partido y escoger alguna canción que considere apropiada para la situación, para tenerla pegada mientras juego. Es una estupidez, pero una estupidez significativa: al final, juego de una cierta forma dependiendo de la canción que elija. Si la canción es tranquila jugaré a lo Charles Aránguiz, equilibrado, corriendo igual harto pero no en exceso, quitando y presionando pero también moviendo la pelota, con buenos pases y quizás hasta algunos lujitos por aquí y por allá; si es más movida, jugaré más como el Huaso Isla, medio (bastante) tronco pero compensando con correr harto, metiendo pierna fuerte y cumpliendo sin brillar; y si es una canción reflexiva, jugaré a lo Marcelito Díaz, lentito, un toque o máximo dos, la media vuelta y soltarla, pases al pie o pases largos pero precisos, moviéndome poco pero eficientemente. De todas formas, mis canciones favoritas son las de Digimon, porque tienen la mezcla perfecta de motivantes y nostálgicas. Con esas, juego a lo Mati Fernández, crack de cracks, aunque el weón arrugara cuando fue a Europa, y aunque fuera del Colo. Maldito Mati, tenía que ser del Colo.

El punto es que pa este partido no escuché nada y aquí estoy. Pensando en una conferencia del Alexis y en qué hubiera pasado si. Ya no vale la pena. Más me valdría gastar estos segundos en ponerle atención a la pelota culiá. A todo esto, el trailer tenía razón, pasó justo lo que dijo que iba a pasar. Claro, el único trailer que cumple las expectativas es justo el en que aparezco mandándome una cagada. Ojalá Batman v Superman o Suicide Squad hubieran cumplido con los suyos.

Un compañero le pregunta al árbitro cuánto queda. Buena, dos minutos, no es tanto. El entretiempo es cortito en estos partidos de 20 por lado, pero puta, es suficiente como pa pedirle a alguien algún celular y escuchar algo. Lo que sea. A esta altura no estoy pa regodearme. Se me acaba de ir otro pase a la chucha. Ya es demasiado.

Un minuto treinta. Igual ya puedo respirar tranquilo. Atacamos nosotros y yo estoy atrás, por si el rebote le queda a alguien pa venir a la contra. Si tengo suerte, nos vamos a quedar en su arco en lo que queda, si saliera algún córner sería la raja, y si no tengo y la pelota me viene, a reventar no más, ya queda un minuto y no es momento para regodearse.

No vino, menos mal.

Ni siquiera sé cuánto vamos. Sé que regalé dos goles, de esos me acuerdo clarito, pero tengo una noción lejana, como si hubiera tenido puesto el partido en la tele mientras hacía alguna otra cosa, de que también nosotros metimos dos o más. No sé en verdad. Prefiero no preguntar y no ganarme algún reto, pa qué. Salgo rápido, me mojo la cara, conchamimadre acabo de cachar que estoy cansado, raja, seguramente no paré de correr mientras pensaba tanta weá. Me siento en una banca que hay cerca de los camarines, y le pido el teléfono a un compañero que tiene el bolso por ahí cerca. No hay tiempo para buscar audífonos, ni siquiera para entrar internet a cargar alguna canción de mi elección; así como va la cosa, necesitaría una dosis intensiva de Digimon 3, Conan y el ending de Slam Dunk. Pero no alcanzo. Me meto al reproductor, le pongo el aleatorio, y me preparo para lo que salga.

Reggaeton old school. Tranqui. Afírmense cabros, que se viene el Rey Arturo.

18/7/16

Te quise más

Te lo digo porque así funciona weón, así funciona, uno dice lo que no quiere tener dentro, uno dice lo que quiere sacarse, lo que quiere borrar, lo que no quiere creer weón, por eso te lo digo, por eso te decía, no porque quisiera que fuera cierto, ¡no! Obvio que nadie quiere amar más a alguien, nadie quiere esa weá, porque termina todo mal po weón, así, termina justo así, y todo por tu culpa weón, por mentirme, por contestarme de vuelta, por decir lo mismo sin sentirlo, por cumplir, maricón, eso eres, maricón, cobarde, hijo de puta, si hubieras hablado de frente desde el principio nada de esto estaría pasando, no me hubiera enamorado de ti, no me hubiera metido contigo, ¡no hubiera pasado nada weón! Hubiera seguido tranquila y no estaría gritándote por saco de weas, por mentirme en mi cara, por decirme “Violeta, te amo” mientras no sentías nada weón, nada. ¿Me quisiste alguna vez? ¿Sentiste alguna vez lo que sea, cosquillas, mariposas, esas pendejadas, sentiste aunque sea eso por mí? Oye weón, por último mírame cuando te hablo, si estay terminando conmigo, si estay arrancando detrás de otra weona, si me vay a dejar sola después que di todo por ti weón, al menos ten la decencia de mirarme a la cara. No entiendo weón, de verdad que no. ¿Qué mierda te hice? ¡¿Qué-mierda-te hice?! Aparte de hacer todo lo que quisierai, aparte de dejar que te metierai a mi cama, de chuparte el pico media hora porque la weá no se te paraba, aparte de que viajaras conmigo y mi familia, de dejarte dormir en mi casa porque a vos no te daba ni pa pagarte una hostal, aparte de quererte como nunca había querido a nadie weón, ¡qué mierda te hice! Dime algo, lo que sea, dame algo de qué agarrarme weón, si me vay a dejar acá, en nada, sin nada, llorando porque me enamoré de alguien que no se enamoró de mí, al menos dame algo weón, una razón, una idea, una mentira que sea, ¿o ni siquiera te importo tanto como para mentirme? Me mentiste dos años weón, dos putos años, diciéndome weás lindas, que era importante, que no sé qué weá, miénteme ahora weón, miénteme, dime que algo de mí no te gusta, que te carga mi voz, que mi pelo te da alergia, que mi risa te enferma, que soy muy celosa, alguna weá, aunque sepa que es mentira weón, ¡dime alguna weá!

Y pensar que te quise weón, que te quise tanto, que te quise más. De todas las weás que te decía, esa era la única que no quería que fuera cierta. Nadie quiere querer más, nadie, si te lo decía era porque me encantaba escucharte contestarme que no, que me equivocaba, que el que amaba más al otro eras tú, me encantaba escucharlo, pensar “si yo lo amo tanto, tanto, y él me ama más, no hay de qué tener miedo”. Contigo no tenía miedo, porque me amabas weón, me amabas más, nada podía estar mal si me amabas tanto. Pero no, ¿cierto? Nunca me amaste. Quizás ni siquiera me quisiste. Mira las weás que digo, obvio que no me quisiste, nadie al que le importe otra persona puede hacerle lo que tú me estay haciendo. ¡Te dije que me mires, por la mierda! ¡Hazte cargo de las weás alguna vez en tu puta vida! ¡Me mentiste, me usaste, para que apenas salga una weona con más plata, más tetas, más culo, te vayai detrás de ella, te pegues a ella como el parásito que eres, sin pensar que me estay haciendo mierda, weón, mierda! ¡Qué weá te creís! ¡Mírame! ¡Mírame conchatumadre, mírame! Ah, ¿ahora hablai? ¿Qué, qué weá, que baje esto? No weón, no la voy a bajar, no me vay a volver a dar órdenes, yo tomo la weá que quiera, ¿me escuchaste? ¿Qué? ¡Habla, mierda! ¡Mírame, habla, haz alguna weá! Perdón, perdón, ¿qué? ¿Te vai? Ah no, eres realmente un idiota weón, tú no te vai a ningún lado, no te vai weón, hey, weón, te estoy hablando, no te vai a ningún lado, ¿me escuchaste? Te estoy apuntando Ricardo, no me des la espalda, no me des la espalda conchatumadre, ¡no me des la espalda! ¡No me des la espalda! ¡No me des la espalda weón, date vuelta conchatumadre, date vuelta! ¡Date vuelta! ¡Date